domingo, 22 de marzo de 2015

Si, señores

Reitero: yo no escribo poemas. Yo sangro poemas.

En mí, a diferencia de los que hacen de esto un noble oficio a partir de trabajar la inspiración, en mí la poesía se instaló como la lluvia después de una agobiante tarde de verano. Vino a limpiarme; más bien, a exorcizarme. En épocas en las que me debatía si un gramo más de rivotril me sentaría mejor o el vino o el reiki o el amor, o la muerte...en fin. La poesía, dije. El arte, también. Y el amor y también el desamor y las pequeñas muertes cotidianas. Sacar alguito de belleza de tanto dolor es un don, me dije. Y aquí estoy.

Y con todo lo que implica el vivir, con todo el dolor de una historia (y las alegrías, claro) de mi vida, uno avanza. Y ahora, hoy, Jimenita, entierro el dolor entre risas y versos y literatura y música y amigos y belleza.
QUIERO estar bien, a pesar del desamor que me pisa los talones, a pesar de la soledad, yo valgo y voy a SER FELIZ, cueste lo que cueste.

A por ello, entonces