miércoles, 5 de agosto de 2015

(...)

“No me llevo bien con el papel de amante”, soltaste. Me aparté levemente y prendí un cigarrillo. El quinto de la noche. Todavía no amanecía, pero imaginaba que el rocío empezaba a desplegar su fulgor de septiembre sobre la hierba del parque. Qué más, pensé y entrecerré los ojos un instante. “No estoy enamorada de vos, Pedro”, sentecié al fin con voz grave. Él lo sabía. Lo sabía desde hace tres meses y medio, período en el que religiosamente cada miércoles a las diez de la noche me esperaba en un hotel de mala muerte de aquel pueblo.
    Casi no hablábamos. Hacíamos el amor con una precisión coreográfica; nuestros cuerpos danzando al unísono en una melodía de gemidos, sudor y claudicación. Adentro del hotel todo olía a humedad y encierro. Marta, su dueña, nos atendía con la discreción de un perro fiel. No era vieja, tal vez tenía cincuenta y tantos, pero parecía mayor. Cojeaba, y un miércoles de frío, mientras esperaba a Pedro, después de semanas de silencio, me convidó un cigarrillo y me contó que hacía un año que había tenido un accidente en el que había fallecido su único hijo. “Yo también estuve a punto de morir, nena”, me confesó, mientras daba la última pitada. Desvió el rostro hacia la ventana con expresión compungida y luego volvió la mirada hacia mí. “Parece que va a llover. ¿Querés un café?”, me ofreció. Negué con la cabeza. Ya era demasiado. Me había vuelto habitué de un motel de cuarta, tenía un amante y ahora su dueña se creía mi amiga. Bufé y miré el reloj, ya de mal humor. Tenía cinco minutos aún. Podía abandonar todo, decirle a Pedro que ya no tenía sentido continuar con esta aventura. Pero luego pensé en sus manos recorriendo mi cuerpo como una gruta deshabitada, sus manos en mis muslos, vislumbrar el río que deviene en mar, el impulso de nuestros cuerpos por ir más allá y al fin… soltar las cadenas. Sentí que se me aceleraba el pulso.  No estaba preparada aún.



No hay comentarios: