lunes, 10 de agosto de 2015

Respirar poesía

Respirar poesía
aunque los inviernos aniden en mis manos
aunque en el tiempo de esperarte
mis brazos sean las ramas secas en la memoria de los árboles

*
Esperarte en el letargo de los días
en esa manía de andar queriéndote porque sí
vagando en la periferia del sueño
como ángel caído
o demonio sonriente

anhelando la savia que me da tu espíritu

*


miércoles, 5 de agosto de 2015

(...)

“No me llevo bien con el papel de amante”, soltaste. Me aparté levemente y prendí un cigarrillo. El quinto de la noche. Todavía no amanecía, pero imaginaba que el rocío empezaba a desplegar su fulgor de septiembre sobre la hierba del parque. Qué más, pensé y entrecerré los ojos un instante. “No estoy enamorada de vos, Pedro”, sentecié al fin con voz grave. Él lo sabía. Lo sabía desde hace tres meses y medio, período en el que religiosamente cada miércoles a las diez de la noche me esperaba en un hotel de mala muerte de aquel pueblo.
    Casi no hablábamos. Hacíamos el amor con una precisión coreográfica; nuestros cuerpos danzando al unísono en una melodía de gemidos, sudor y claudicación. Adentro del hotel todo olía a humedad y encierro. Marta, su dueña, nos atendía con la discreción de un perro fiel. No era vieja, tal vez tenía cincuenta y tantos, pero parecía mayor. Cojeaba, y un miércoles de frío, mientras esperaba a Pedro, después de semanas de silencio, me convidó un cigarrillo y me contó que hacía un año que había tenido un accidente en el que había fallecido su único hijo. “Yo también estuve a punto de morir, nena”, me confesó, mientras daba la última pitada. Desvió el rostro hacia la ventana con expresión compungida y luego volvió la mirada hacia mí. “Parece que va a llover. ¿Querés un café?”, me ofreció. Negué con la cabeza. Ya era demasiado. Me había vuelto habitué de un motel de cuarta, tenía un amante y ahora su dueña se creía mi amiga. Bufé y miré el reloj, ya de mal humor. Tenía cinco minutos aún. Podía abandonar todo, decirle a Pedro que ya no tenía sentido continuar con esta aventura. Pero luego pensé en sus manos recorriendo mi cuerpo como una gruta deshabitada, sus manos en mis muslos, vislumbrar el río que deviene en mar, el impulso de nuestros cuerpos por ir más allá y al fin… soltar las cadenas. Sentí que se me aceleraba el pulso.  No estaba preparada aún.



lunes, 3 de agosto de 2015

Carta a Catriel

Rozaste mi mano sin querer
era de tarde y el viento soplaba tras el ventanal
“lluvia de verano”, me dijiste             
y seguiste barajando las cartas como si nada
cuántos eneros más, pensé,
esperando el comienzo del amor
cuántas cartas más barajando tu nombre
en una guía telefónica

Catriel
enero de mil novecientos noventa y siete
en alguna localidad perdida de córdoba
lo recuerdo porque nunca volvió a llover tanto un verano
y porque en un papel con letra imprenta escribiste:
Catriel, calle 155 y 107 de La Plata
 “escribime”, soltaste
Y me despediste con un beso húmedo
-el primero-
vos 12, yo 10


y ya hablábamos en silencio de amor