viernes, 21 de junio de 2013

El desconocido

Qué nos descubrió juntos aquella noche que llovía sin parar; el café a medio terminar, la humedad en las paredes. El bar de mala muerte ya daba su cuarto de hora. Pediste un gin tonic como para bajar el café que ya estaba rancio.
Llevabas unos pantalones grises despintados y el último cigarrillo se consumía en tu boca insinuante de lujuria. Grises ojeras dibujaban el rostro del insomnio. Bajé la vista hacia el manuscrito y dejé caer la última línea. Respiré profundo. Otro café, mozo, pensé. O, mejor, una cerveza bien helada. No, otro escritor no, por favor. Entre escritores nos entendemos poco y nada. Mandé a volar la histeria y le sonreí. Afuera la lluvia golpeaba dulcemente contra el ventanal; adentro, ahora sonaba "Loca" de Juan D' Arienzo.
No hicieron falta muchas palabras. Me tomo la mano, me llevó a la mitad de la sala, la música se hizo suave de pronto y el ruido del viento, oh, perfecta sintonìa. Un señor mayor con bigotín y smokin del siglo pasado miraba la escena como descolocado. Cuidado, señor, no vaya a querer mancharse con café el trajecito, ponga tu atención en su café, señor!
El perfecto desconocido ahora me apretaba la cintura con autoridad; percibí el leve aliento a alcohol, una tibia bienvenida y algo que empezaba a rugir bajo la entrepierna. Sin más ademanes me besó con  violencia y su lengua se introdujo en mi boca. Creo que nos perdimos en el ocaso de la tarde, en la lluvia de junio, en otros bares, en el hotel de la esquina. Creo, porque ni yo ni él nos preguntamos nada, ni antes, ni después.