miércoles, 6 de junio de 2012

Crónica de viaje


30 horas, 3 vuelos, 6 horas de espera en cada aeropuerto. Todavía no sé si fui a China o a Isla Margarita, Venezuela. Las malas caras y el mal humor se repartían entre todos los pobres tripulantes -algunos estafados por las empresas contratadas, que les habían asegurado que el vuelo era directo; otros, como nosotros, resignados, a sabiendas- que se vieron obligados a aguantarse tanto tiempo entre toda la burocracia aeroportuaria: migraciones, aduanas, vuelos retrasados, etc.
A medida que subíamos yo ya no sabía qué sacarme: claro, del frío polar a 33 grados a la sombra es un gran cambio. Viajé con mi madre y mi hermano.
Llegamos, al fin. De entrada me impactó la gente. Isla Margarita está rodeada de pueblos nativos, en convivencia con los hoteles tres, cuatro y cinco estrellas que se erigen como grandes monumentos sobre las zonas costeñas. A pocos metros de ese micro mundo de hoteles all inclusived el panorama cambia: esos pueblos y esas gentes -muchos de los cuales viven de la pesca- deambulan por las calles casi desérticas, sacan sus mesas al atardecer y comparten quizás en familia o con sus vecinos. Sus casas son humildes y coloridas, apenas iluminadas por una luz tenue. Los niños hacen de la calle su lugar de juego, inconscientes a la realidad social que les toca vivir.
                                                                                              Continuará…