sábado, 25 de febrero de 2012

Esta noche te hablarán los ángeles


quizás te pidan el pase al exilio,
el tormento de las carnes

(oh, amargura de saberte ausente en la presencia,
oh, pies que pululan por las lúgubres baldosas del hastío)

vendrán, vendrás con las golondrinas de abril
renaciendo en cada estación
y el grito
              se perderá al fin en la niebla

oh, ángel dormido de misterios,
tu boca es la esfinge donde muere despacio la dicha,
sabrás al fin:

habla ya, o morirás
vuelve ya, o devendrás en luna


miércoles, 22 de febrero de 2012

Breves


1.
Extravié mi última muerte
en el poema
                   y ahora me abrazo     a tus párpados vacíos.


2.
Y si la brisa de marzo
deviene en deseo,

¿qué será esa boca
si no la verbena
en donde desfallece el anhelo?


lunes, 13 de febrero de 2012

¿Es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?

"No era ni una amante ni una esposa. Era un niño al que había sacado de un cesto untado de pez y había colocado en la orilla de su cama. (...) Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento imaginó que llevaba años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación de que no podía sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo..."

"La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es, por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera ser".

¿Entonces qué debemos elegir? ¿El peso o la levedad?

M. Kundera
La insoportable levedad del ser

jueves, 2 de febrero de 2012

En la ciudad del milagro


A Iván Palmier, siempre

Aquella noche no llovió.
El tren cruzó la frontera de madrugada y
sus acordes lejanos llegaron hasta la habitación.
El amor nos hizo
                         en los cuerpos
que destilaron la fiebre del pasado,
dios fue nuestro abrazo nocturno,
y la virgen repartió flores en nuestras manos.
El agua corrió por todos lados, violenta, a borbotones.
Purificó la piel, 
las mochilas sudaron sus cargas
                  y repartieron dichas por doquier.
En Salta el milagro se hizo carne.
Bendita la luz que se posó en nuestra alma.
Bendita la hora en que despertamos.
Bendita la libertad del amor de la amistad.
                                                              
                                                            Gracias por no dejarme caer.