sábado, 29 de octubre de 2011


A veces, de tarde, tu figura parece erguirse sobre mí,
como un templo impoluto, manantial en mis manos.
En esos días rezo para que tus estrellas sigan brillando
al pie de la cama.
Símbolos de luz recortan el horizonte de tu mirada,
que permanece como lejana;
danzan los susurros,
abajo se cristaliza el abrazo /la palabra.
A veces, de tarde, tu figura me alcanza el paraíso,
me amnesia el recuerdo, cura la herida.

Y si de noche exhalo melancolía,
no esperes que explote a la mar, que la dicha sea
bienvenida.
A veces sólo quiero perderme en tu abrazo, ya no busco
respuestas;
tu mirada es el camino de ida;
no te bifurques porque no conozco el retorno
ni la huella,
sé de miradas, sé de cospeles, de boletos de ida,
pero no, no sé girar en u.
Y si de noche respiro abandonos, no me cierres la mano, no,
no me dejes caer.

Letargo


Punzan los silencios y la afonía se vuelve cruda, violenta, a la hora en que tu palabra es el tormento, lava viva que se escupe. Rechinan los dientes y la piel se desviste, preparada para su próximo concierto. Es la mugre la que quiere salir; se estrella contra vos, no contra mí. Tu cara es el terror, la agonía de no saber. Piel de bebé, sana sana, mejor llorá y no lo lamentes más.

La única culpa de toda una vida es no haber aprendido a amar