martes, 20 de septiembre de 2011

Revelaciones

Caía la tarde. Agarró su mochila y salió. Había hablado con su madre antes y le había dicho que no faltaba mucho tiempo. Habían llorado. Pero el cambio era inevitable. Matías no entendía. La miraba y no entendía por qué todo era desconsuelo. Sobraban las palabras, la ropa amontonada, los ceniceros vacíos al borde de la cama. Pero había que volver. “Vos alejás a la gente”, le dijo él con los ojos a punto de explotar. Ella trataba de contarle con llantos lo inexplicable: la mochila que lloraba, sus libros empapados con ese aroma tan particular. Y su cuerpo que se hacía agua. Y sanaba las llagas. Matías la miraba, no sabía qué hacer. “¿Por qué me pasa esto? No aguanto más, vos no me entedés, nadie me entiende”. Corrió a la iglesia más cercana. Ya había cerrado. Volvió a la plaza, abrió la mochila y empezó a desprenderse de todo: libros, comida, cremas, medicamentos. Debía enfrentar el viaje despojada de todo. “¿Estás segura que vas a poder hacerlo?”, le preguntó el. Ella no le contestó. Agarró sus cosas y se fue.