sábado, 21 de mayo de 2011

Veinticuatro primaveras

Será que el tiempo pasa bajo las pisadas de un otoño que ya vierte sus tonos pasteles por sobre la anatomía del espacio. Salgo a la calle, respiro bocanadas de aire fresco, y siento el abrazo de los árboles que van perdiendo sus hojas por el camino. Voy despacio, sin prisa, y me dejo seducir por los paisajes de un mayo sin fronteras.
Me encuentro fresca, al fin, cumpliendo años con la inocencia y la expectativa de la niña que fui. Ya no lloro las ausencias, ni me duelen los olvidos; más bien festejo las presencias. Los amigos de siempre, mis hermanas del alma, mi familia, tanta gente querida…
Y hoy más que nunca caen las máscaras y se desdibujan los personajes. Así, dejo que caigan también las etiquetas, los condicionamientos ajenos, los prejuicios. Que se vayan. E invito a mi ser a des-identificarse de todo. ¿Y cómo me siento después? Liviana como una hoja, danzando al compás del viento. Despojada de todo, en paz conmigo misma. ¿Qué mejor regalo para mí misma? Dejando que fluya, es mejor así.