martes, 10 de mayo de 2011

Atrévete a soñar (Parte II)

Al promediar quinto año y en el marco de las peleas sobre el color de buzo y del vestido de la sillas de la recepción, debí decidir qué estudiar. Y tampoco lo pensé mucho: Derecho. Claro, iba a una terminalidad humanística y siempre me había inclinado por las ciencias sociales. Y mi padre era abogado. Y mis amigas también iban a estudiar lo mismo. Y lo que decía mi abuelita, y la sociedad. ¿Y?
Comencé derecho, sí, pero no tardé en torcer el rumbo. Duré apenas un año y medio. Tiempo en el cual aprendí un montón de cosas, rendí materias, conocí el bolillero, hice amigos. Pero en el que continué negando no solamente mi vocación sino también –y lo que es peor- a mí misma. Entonces, mientras el mundo de las letras me llamaba y me invitaba a sentarme en su mesa cada fin de semana con promesas de versos y nuevas historias, el Derecho me obligaba a repetir cuál maquinita los artículos del Código Civil. Aquella dicotomía entre lo dado y la creación me sofocaba al punto de coartarme la tranquilidad por completo.
Cuando las llamadas al interior se convirtieron en gritos, sonó la primera alarma. Las noches de insomnio se hicieron cosa diaria y sin dieta alguna perdía peso de manera sorprendente. Lloraba sin parar y sin motivo, como la niña que habían abandonado en un jardín con gente que no conocía.  En medio de la crisis, necesité tomarme un respiro para analizar el camino a seguir.
Al soltar los libros, los códigos y toda la pesada mochila de obligaciones autoimpuestas, me relajé. Durante los meses sabáticos que me tomé, llené mi agenda de actividades creativas que nunca me había permitido hacer, y me dediqué a leer y escribir ya sin presiones de tiempo y de horario.
Me subí a las tablas y entre bambalinas y música de fondo descubrí mi vocación: la comunicación. El mundo del arte, que siempre me había atraído pero al que por miedo había renunciado durante años, se había transformado en mi lugar sagrado. Y de la mano de él aterricé en la Facultad de Ciencias de la Educación en 2007.
Claro que tantas trasgresiones tuvieron su coste para una joven como yo proveniente de una familia conservadora y de una abuela que soñaba con verme con el título de abogada bajo el brazo y comprometida con un muchacho “bien” para comentarlo entre sus amigas bridgistas del Club del Orden. Aclaro: “bien” significa apellido conocido, profesión abogado, médico o contador lo cual implica ser un G.C.U (Gente como Uno). Soy buena nieta, le ahorré varios infartos. Pero bueno, ese es otro capítulo.
El ingreso a la facultad fue como la suave brisa de verano que acarició mi rostro devolviéndole la frescura y el brillo perdido. Y estos años se me fueron en un placentero suspirar, en armonía al fin con el mundo y conmigo misma. Es lo que se siente cuando uno tiene la certeza de estar en el lugar correcto. Amo lo que hago y ello basta.

Y en definitiva da igual si son 11 días, 2 años o 24 primaveras: los sueños siempre esperan por nosotros del otro lado del camino.