domingo, 23 de enero de 2011

Una de cal...

La mismísima nada que se esfuma para dejarme más sola aún. No se trata de las ausencias, sino que ellas viven ya en mí, en mi piel. Eso que traspasa todo lo tangible y se cristaliza en una mirada que se eleva mucho más allá del horizonte. Rostros espectrales que se confunden en el tumulto de lo conocido.
Instantes arrastrados por el viento y las lágrimas amargas en mi almohada.
Esa melancolía que espera (incesantemente) que los sueños se trasmuten en realidad, alguna tarde de verano y sin motivo aparente. No son más que caprichos de niña enamorada que aguarda lo que nunca va a suceder.