lunes, 10 de octubre de 2011

Etéreo


Hay días que me siento a punto de caer, de desmoronarme, y me vuelvo una marioneta librada al azar, danzando al compás del tiempo. Y lo cotidiano se hace insoportable y salir es reinventarse, es fingir sonrisas y buenas nuevas. En esos días (como hoy) imploro por ser el silencio entre los árboles, el reflejo del sol en mi ventana, la calma del viento. Volverme aire y desaparecer en su canto. Ser la piedra que se deja acariciar por el mar esperando su crepúsculo. Olvidarme del cuerpo y de sus necesidades y reposar en la nada. 

1 comentario:

Ale dijo...

Esos son los precisos momentos en que es necesario estar frente al mar. Claro, como si fuera tan simple...

Son momentos Jime, los buenos y los malos, y como todo momento... pasan. Espero que más pronto que tarde en tu caso :)