sábado, 7 de mayo de 2011

Atrévete a soñar (Parte I)

Llegué para los aplausos. Mi madre tenía fecha para el 30 de abril de 1987, pero me demoré once días más. Es que me tomo mi tiempo para todo, eso es. Jimena, me llamaron. Jimena con jota, por si acaso. Me molesta mucho que me lo escriban con g. Gracias.
Tuve una infancia feliz. Aunque desde pequeña siempre fui bastante tranquila y callada, dejaba ver mi costado pícaro en las travesuras con mi hermano menor. Me gustaba molestarlo y apretarle sus manitos regordetas y sus cachetes. Se parecía a un muñeco con los cabellos del color del sol, suaves como la seda, pero era tan inquieto y cargoso que por momentos daban ganas de devolverlo a la cigüeña.
Me recuerdo con el semblante sereno, casi ausente, bajo una mirada que condensaba inocencia pero también nostalgia. Ensoñación y timidez se matizaban en un cuerpo que permanecía a la defensiva de un mundo hostil. Era feliz en las tardes de soledad en mi casa, con mis muñecas y las historias que inventaba. Momentos en donde el tiempo parecía detenerse en esa habitación que aún conserva el aroma a épocas pasadas. En aquel rincón sagrado duermen mis sueños de niña que flotan como ángeles risueños y conversan a la luz del crepúsculo. Bajo las zigzagueantes líneas del mueble rispio, el perfume de las amarillentas hojas redescubre la esencia de la literatura pura. La ventana a medio terminar deja ver el patio de mi niñez, donde las flores de otoño crecen sin prisa pero sin pausa. Así mi devoción por mundos sublimes fue coloreando mis días.
Empecé a escribir tempranamente, a los 9 o 10 años, cuando me regalaron mi primer diario. Lo hacía en la soledad y contaba los acontecimientos del día. Escribía tal y como respiraba: como algo natural. Bien o mal, fue la única actividad que me atravesó íntegramente en todas las etapas de mi vida. Al principio como catarsis y sin darle mucha importancia; más tarde, cuando empezaron los esbozos de textos en prosa y poesía, debí ir puliendo mi estilo.
Pero el matiz romántico que escondía se desdibujaba frente al estigma de sentirme diferente al resto. La autoexclusión y la vergüenza se convirtieron en un cóctel mortal que marcó gran parte de mi etapa de púber. Idealista, confundía fantasías con realidad dentro de un contexto en donde tener sueños parecía una quimera. Y en el cual pensar en ser escritora era una locura.
Al separarse mis padres, al cumplir 12, debí pasar a otra cosa. Salir del capullo, crecer. Dejar la melancolía de lado y dedicarme a vivir más. Al ritmo de todas vicisitudes de cualquier adolescente de colegio privado y católico de Santa Fe, dejé también que me lavaran el cerebro durante cinco largos años. Y qué bien lo acaté; la anestesia surtió efecto. Buena alumna, excelente conducta. Misa todos los domingos. Pero no iba a durar mucho.

Continuará...

4 comentarios:

[A] dijo...

¿Quiere decir que cumplís en unos días? El 10.. o 9.. ¿cuántos días tenía abril? Uf, cómo era eso de los nudillos.

Muy linda entrada. Saluditos.

Jimena dijo...

Si, cumplo el 11. Gracias por pasarte! Sigo tu blog, pero no admite comentarios, no?
Saludos!

[A] dijo...

Es verdad, seguís mi blog pero no con el cuadradito ése de blogger, si no con los links. La gente que aparece en ese recuadrito, ni lee mi blog. Los que sí lo leen, tienen algún link guardado en alguna parte.. no sé por qué. Y no, no dejo comentar (después de un tiempo, te cansás de los comentarios desconectados que te hace la gente).

Gracias por leer y espero que alguna cosilla te haya gustado. Saluditos (¡y feliz cumple atrasado!)

[A] dijo...

Bueno, no sé si viste pero Blogger anduvo con unos problemitas estos días.. algunas cosas se perdieron, como el comentario que te dejé. Ya no me acuerdo qué te dije.. espero que tengas notificación por mail.