lunes, 30 de mayo de 2011

Sombras brillantes


Si tu nombre emergiera
sobre las orillas de lo caduco
quizás podría robarle una sílaba
quizás conseguiría esbozar una melodía.

Si tu nombre brotara
entre las cenizas del muro acribillado
quizás gritaría tras su sombra
quizás correría a recoger tus restos.

Si tu nombre renaciera
entre los soles de medianoche
le rogaría que vele mis sueños
que no se vaya una vez más.

Pero tu nombre es el grito de muerte
que se estrella allá donde rompe el horizonte.

miércoles, 25 de mayo de 2011


I.

Ya no lamenta mi piel
que me grites los abrazos
que me beses las palabras
que le hagas el amor
al silencio
al abismo
               de la distancia.

II.

Tus ojos se fundieron en el
rojo del atardecer
y una lágrima amagó
con aparecer tras
                     esa lluvia de noviembre
que cubrió nuestros rostros
                    (y desdibujó el paréntesis de tu silueta y la mía)

III.

No te pierdas en la bruma
de un mayo sin retorno.
Buenas nuevas nos esperan
el abrazo de un nuevo año
                                       cargado de esperanzas echadas al azar/
                                       al viento de un abril oscuro.
 

sábado, 21 de mayo de 2011

Veinticuatro primaveras

Será que el tiempo pasa bajo las pisadas de un otoño que ya vierte sus tonos pasteles por sobre la anatomía del espacio. Salgo a la calle, respiro bocanadas de aire fresco, y siento el abrazo de los árboles que van perdiendo sus hojas por el camino. Voy despacio, sin prisa, y me dejo seducir por los paisajes de un mayo sin fronteras.
Me encuentro fresca, al fin, cumpliendo años con la inocencia y la expectativa de la niña que fui. Ya no lloro las ausencias, ni me duelen los olvidos; más bien festejo las presencias. Los amigos de siempre, mis hermanas del alma, mi familia, tanta gente querida…
Y hoy más que nunca caen las máscaras y se desdibujan los personajes. Así, dejo que caigan también las etiquetas, los condicionamientos ajenos, los prejuicios. Que se vayan. E invito a mi ser a des-identificarse de todo. ¿Y cómo me siento después? Liviana como una hoja, danzando al compás del viento. Despojada de todo, en paz conmigo misma. ¿Qué mejor regalo para mí misma? Dejando que fluya, es mejor así.


martes, 10 de mayo de 2011

Atrévete a soñar (Parte II)

Al promediar quinto año y en el marco de las peleas sobre el color de buzo y del vestido de la sillas de la recepción, debí decidir qué estudiar. Y tampoco lo pensé mucho: Derecho. Claro, iba a una terminalidad humanística y siempre me había inclinado por las ciencias sociales. Y mi padre era abogado. Y mis amigas también iban a estudiar lo mismo. Y lo que decía mi abuelita, y la sociedad. ¿Y?
Comencé derecho, sí, pero no tardé en torcer el rumbo. Duré apenas un año y medio. Tiempo en el cual aprendí un montón de cosas, rendí materias, conocí el bolillero, hice amigos. Pero en el que continué negando no solamente mi vocación sino también –y lo que es peor- a mí misma. Entonces, mientras el mundo de las letras me llamaba y me invitaba a sentarme en su mesa cada fin de semana con promesas de versos y nuevas historias, el Derecho me obligaba a repetir cuál maquinita los artículos del Código Civil. Aquella dicotomía entre lo dado y la creación me sofocaba al punto de coartarme la tranquilidad por completo.
Cuando las llamadas al interior se convirtieron en gritos, sonó la primera alarma. Las noches de insomnio se hicieron cosa diaria y sin dieta alguna perdía peso de manera sorprendente. Lloraba sin parar y sin motivo, como la niña que habían abandonado en un jardín con gente que no conocía.  En medio de la crisis, necesité tomarme un respiro para analizar el camino a seguir.
Al soltar los libros, los códigos y toda la pesada mochila de obligaciones autoimpuestas, me relajé. Durante los meses sabáticos que me tomé, llené mi agenda de actividades creativas que nunca me había permitido hacer, y me dediqué a leer y escribir ya sin presiones de tiempo y de horario.
Me subí a las tablas y entre bambalinas y música de fondo descubrí mi vocación: la comunicación. El mundo del arte, que siempre me había atraído pero al que por miedo había renunciado durante años, se había transformado en mi lugar sagrado. Y de la mano de él aterricé en la Facultad de Ciencias de la Educación en 2007.
Claro que tantas trasgresiones tuvieron su coste para una joven como yo proveniente de una familia conservadora y de una abuela que soñaba con verme con el título de abogada bajo el brazo y comprometida con un muchacho “bien” para comentarlo entre sus amigas bridgistas del Club del Orden. Aclaro: “bien” significa apellido conocido, profesión abogado, médico o contador lo cual implica ser un G.C.U (Gente como Uno). Soy buena nieta, le ahorré varios infartos. Pero bueno, ese es otro capítulo.
El ingreso a la facultad fue como la suave brisa de verano que acarició mi rostro devolviéndole la frescura y el brillo perdido. Y estos años se me fueron en un placentero suspirar, en armonía al fin con el mundo y conmigo misma. Es lo que se siente cuando uno tiene la certeza de estar en el lugar correcto. Amo lo que hago y ello basta.

Y en definitiva da igual si son 11 días, 2 años o 24 primaveras: los sueños siempre esperan por nosotros del otro lado del camino.



sábado, 7 de mayo de 2011

Atrévete a soñar (Parte I)

Llegué para los aplausos. Mi madre tenía fecha para el 30 de abril de 1987, pero me demoré once días más. Es que me tomo mi tiempo para todo, eso es. Jimena, me llamaron. Jimena con jota, por si acaso. Me molesta mucho que me lo escriban con g. Gracias.
Tuve una infancia feliz. Aunque desde pequeña siempre fui bastante tranquila y callada, dejaba ver mi costado pícaro en las travesuras con mi hermano menor. Me gustaba molestarlo y apretarle sus manitos regordetas y sus cachetes. Se parecía a un muñeco con los cabellos del color del sol, suaves como la seda, pero era tan inquieto y cargoso que por momentos daban ganas de devolverlo a la cigüeña.
Me recuerdo con el semblante sereno, casi ausente, bajo una mirada que condensaba inocencia pero también nostalgia. Ensoñación y timidez se matizaban en un cuerpo que permanecía a la defensiva de un mundo hostil. Era feliz en las tardes de soledad en mi casa, con mis muñecas y las historias que inventaba. Momentos en donde el tiempo parecía detenerse en esa habitación que aún conserva el aroma a épocas pasadas. En aquel rincón sagrado duermen mis sueños de niña que flotan como ángeles risueños y conversan a la luz del crepúsculo. Bajo las zigzagueantes líneas del mueble rispio, el perfume de las amarillentas hojas redescubre la esencia de la literatura pura. La ventana a medio terminar deja ver el patio de mi niñez, donde las flores de otoño crecen sin prisa pero sin pausa. Así mi devoción por mundos sublimes fue coloreando mis días.
Empecé a escribir tempranamente, a los 9 o 10 años, cuando me regalaron mi primer diario. Lo hacía en la soledad y contaba los acontecimientos del día. Escribía tal y como respiraba: como algo natural. Bien o mal, fue la única actividad que me atravesó íntegramente en todas las etapas de mi vida. Al principio como catarsis y sin darle mucha importancia; más tarde, cuando empezaron los esbozos de textos en prosa y poesía, debí ir puliendo mi estilo.
Pero el matiz romántico que escondía se desdibujaba frente al estigma de sentirme diferente al resto. La autoexclusión y la vergüenza se convirtieron en un cóctel mortal que marcó gran parte de mi etapa de púber. Idealista, confundía fantasías con realidad dentro de un contexto en donde tener sueños parecía una quimera. Y en el cual pensar en ser escritora era una locura.
Al separarse mis padres, al cumplir 12, debí pasar a otra cosa. Salir del capullo, crecer. Dejar la melancolía de lado y dedicarme a vivir más. Al ritmo de todas vicisitudes de cualquier adolescente de colegio privado y católico de Santa Fe, dejé también que me lavaran el cerebro durante cinco largos años. Y qué bien lo acaté; la anestesia surtió efecto. Buena alumna, excelente conducta. Misa todos los domingos. Pero no iba a durar mucho.

Continuará...