domingo, 23 de enero de 2011

Una de cal...

La mismísima nada que se esfuma para dejarme más sola aún. No se trata de las ausencias, sino que ellas viven ya en mí, en mi piel. Eso que traspasa todo lo tangible y se cristaliza en una mirada que se eleva mucho más allá del horizonte. Rostros espectrales que se confunden en el tumulto de lo conocido.
Instantes arrastrados por el viento y las lágrimas amargas en mi almohada.
Esa melancolía que espera (incesantemente) que los sueños se trasmuten en realidad, alguna tarde de verano y sin motivo aparente. No son más que caprichos de niña enamorada que aguarda lo que nunca va a suceder.

1 comentario:

Ale dijo...

Cuando perdemos la esperanza, es un trago amargo que parece nunca acabarse. Pero yo creo que gritamos y maldecimos y nos enojamos porque en un punto muy oculto todavía creemos que es posible. Pasa que el dolor se transforma en vacío y ese vacío en resignación, y no nos deja ver lo que pasa alrededor.

Me parece que las ausencias duelen porque nos remontan a un momento feliz con la persona que ya no está, y estar presos de esa nostalgia es lo que no nos permite generar nuevas situaciones, porque no somos capaces de mirar donde estamos y quedamos mirando hacia atrás.

Creo que el único capricho de niña enamorada que tenés, es que todavía crees que es posible, y eso es lo que hace toda la diferencia. Sé que hay muchos/as niños/as enamorados/as por ahí y que en algún momento vamos a reencontrarnos con eso que tanto buscamos. Pero también sé que tenemos que estar abiertos a que eso pase.

Un abrazo de otro niño enamorado :) (aunque de niño no tengo nada jajaj)